No tengo largos cabellos dorados. No soy la más bella del reino. No soy hija de un rey, ni tampoco vivo en un palacio. No tengo preciosos vestidos de brocados, ni coronas de diamantes; ni siquiera tengo un zapatito de cristal. No canto con melodiosa voz a los animalillos del bosque. Y, por si fuera poco, no tengo Principe Azul, ni negro, ni morado, ni verde, ni rosa.
No tengo hada madrina, ni carroza que me lleve al baile, ni hermanastras que me tengan envidia.
Pero soy una princesa. Princesa sin principe, ni palacio ni perfección física. Soy princesa porque quiero, porque es lo que he decidido ser. Soy princesa de mi cuento: yo lo escribo, yo lo corrijo, yo borro. Tengo espejo, pero no uno de esos mágicos que me dicen qué ser o cómo ser. Tengo mi pequeño espejito cóncavo. En el se refleja lo que soy, no lo que quieren que sea. Porque es cóncavo, y por eso no muestra sólo lo que se ve, sino lo que hay mas allá.