Impotencia. Rabia.

Esa sensación que desgarra cuando te sabes en medio de una gran batalla, sin escudo, sin armas. Cualquier dirección que tomes, cualquier cosa que decidas, no va a ser la correcta. Eres un vencido sin haber sido ni siquiera gladiador, o peor, eres gladiador que está obligado a renunciar a la lucha. Impotencia, rabia. Rabia por tener que comerte tus principios, callarte tu opinión, ahogarte en un entorno en el que todo el mundo respira, menos tú. Porque tú no tienes derecho, porque tu opinión no cuenta. Porque hagas lo que hagas errarás en tu acción. Notas la patada en el estómago, te muerdes el labio. Notas que tus ojos se han vuelto vidriosos, pero no puedes, no debes llorar. Tienes que aguantarte. Tragarte tu rabia. Eres verdugo de tus propias palabras, siervo del silencio. Y cuando ya no aguantas, cuando ya no puedes, cuando ya no lo soportas, hablas. Y te abren una herida. Esa herida que nunca llega a cerrarse del todo, que está clavada en el alma, pero que no puedes permitir que se vea en tus ojos. No. Eso no lo vas a permitir. Nunca. Y por mucho que estés hundido, por mucho tiempo que te haya costado levantar la vista, te levantas.

Y para colmo vas, y sonríes.

Y aguantas. La rabia, la impotencia, las ganas de dejarlo todo.

Porque, al final, tienes a la gente que te entiende, que te quiere, que te lame las heridas. Por encima de la rabia, la impotencia. Su voz, sus palabras.

Tu gente.